La Encarnación. El misterio más grande que Dios jamás haya hecho

Cuando se cumplió el tiempo, Dios envío a su Hijo,
nacido de una mujer, nacido bajo la ley (Gal 4, 4)

Por Padre Camilo Bernal, Eudistas

 

Para san Juan Eudes la Encarnación constituye la base de la realización de todos los estados y misterios de Jesús. Sin Encarnación no se tendría ni el misterio de la santa infancia de Jesús, ni el de su cruz, ni el de su resurrección, ni el de su Corazón. Esto subraya la centralidad de este misterio en la espiritualidad eudista.

Empleando el lenguaje teológico, muy cercano al de la academia, san Juan Eudes expresa la esencia del misterio de la Encarnación de esta manera: “Unida hipostáticamente a la persona del Verbo, la humanidad santa del Salvador debía ser asumida tan perfectamente, que, lleve su condición de creatura hasta las perfecciones y hasta la vida íntima de Dios. Por esta razón, desde el primer instante de su existencia, el alma santa de Jesús fue enriquecida con la gracia santificante, que es, como afirma san Pedro: una participación de la naturaleza divina, y el principio de una vida verdaderamente divina, realizada en el hombre” (OC I, 10)

 

El gran motivo de su Encarnación, que es manifestación del amor de Dios al mundo (Cfr. Jn 3-16) se orienta hacia una perspectiva muy concreta: la salvación de todos. A su vez con una finalidad precisa que consiste en dar gloria a Dios: “Puso su devoción en su inmolación y sacrificio por la gloria de su Padre” (OC I, 266). La gloria de Dios se convierte, entonces, en el principal objetivo de este misterio.

 

Dentro del más genuino dinamismo eudesiano, la consideración del misterio de la Encarnación encuentra una referencia inseparable a la persona de María, quien representa el medio escogido por Dios para la realización de este misterio, como se puede percibir en la siguiente afirmación, referente a María:

“Ella dio una parte de su sustancia virginal y de su purísima sangre para formar la humanidad santa del Hijo de Dios.

 

 Pero no sólo esto, sino que ha cooperado con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo en la unión que se ha realizado entre su sustancia y la persona del Hijo de Dios, y, así, cooperó a la realización del misterio de la encarnación, y, por consiguiente, al misterio más grande que Dios jamás haya hecho, que jamás hará, e incluso, que pueda hacer” (OC VIII, 215). Se encuentra aquí una afirmación que expresa brevemente la importancia de este misterio en san Juan Eudes: “La Encarnación es el misterio más grande que Dios jamás haya hecho”. Semejante afirmación habla, por sí misma, de la centralidad que este misterio tiene en nuestra espiritualidad y de su irradiación en la vida concreta de todo bautizado.

 

El pensamiento de san Juan Eudes, que es profundamente Cristocéntrico, considera a Jesús en su esencial relación con el Padre y el Espíritu Santo, lo cual, a su vez, refleja la estructura trinitaria tanto de su consideración sobre Jesucristo como de su espiritualidad. No obstante, al considerar el misterio de la Encarnación es innegable el puesto que da a María, en forma muy equilibrada, fundamentado, ante todo, en la unidad que da el amor entre Jesús y María. “No saben, que María no es nada, no tiene nada y no puede nada, sino de Jesús, y por Jesús y en Jesús; y que Jesús lo es todo, que todo lo puede y que hace todo en ella” (OC VI, 189).

 

Semejante afirmación deja muy en claro uno de los postulados teológicos fundamentales del misterio de la Encarnación: el papel de María en este misterio, que puede considerarse simultáneamente como un misterio de Jesús y de María. Como detalle se puede recordar el cariño que san Juan Eudes tenía por la imagen de la Virgen Madre, que representa a María reina lactando a su Hijo, y que, según el santo, es una de las mejores expresiones de la Encarnación: “¡Que milagro ver dos naturalezas infinitamente distantes la una de la otra, la naturaleza divina y la naturaleza humana, unidas, tan estrechamente que hacen una persona! ¡Qué milagro ver al Verbo encarnado salir de las entrañas sagradas de una Virgen, sin afectar su integridad!” (OC VIII, 64).

 

En nuestra vida practica el misterio de la Encarnación toma formas muy concretas, a partir del bautismo, en el cual el creyente está invitado a ser transformado conscientemente en otro Jesús en la tierra, para continuar su vida y sus obras (OC I, 166), como consecuencia de las afirmaciones de san Pablo que afirma “completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Jesucristo en su cuerpo que es la Iglesia” (Col I, 21) y “vivo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).

 

Se entiende la consecuencia práctica de estas verdades bíblicas en la vivencia del misterio de la Encarnación en la vida cotidiana de cada bautizado: “cuando un cristiano ora, continúa y completa a oración que Jesús hizo en la tierra, cuando trabaja, continúa y completa la vida laboral de Jesucristo; cuando conversa con el prójimo en espíritu de caridad, continúa y completa la vida conversante de Jesucristo (…) y, así, todas las otras acciones que se hacen cristianamente” (OC I, 165-166).

 

Tenemos la gran bendición de tener una espiritualidad de Encarnación, inseparable del amor a María, con una proyección sobre nuestro entorno y la vida cotidiana: al ser otro Jesús sobre la tierra, cada bautizado se hace la presencia de la misericordia de Dios, pues Jesús es la misericordia del Padre: “El Padre eterno es llamado Padre de las misericordias (2 Co 1, 3), porque es el Padre del Verbo Encarnado que es la misma misericordia (OC VIII, 52 y 62).