El grito de la sangre derramada

El miércoles 6 de octubre conmemoramos el 31º aniversario de la Misa de Réquiem de Aguchita, que se celebró en la iglesia jesuita de La Inmaculada de Lima en presencia de un gran número de amigos, familiares, religiosas y religiosos. La celebración eucarística fue presidida por Mons. Julio Ojeda, Obispo del Vicariato de San Ramón. La Hna. Delia Rodríguez, entonces Animadora de la Provincia del Perú, leyó la siguiente monición de entrada:
 

“Hasta el despojo total”
 

Estamos reunidos para celebrar un acontecimiento pascual. El misterio de una vida que está vigorosa y fecunda, después que el grano de trigo ha sido sepultado en tierra.
 

¿Quién era María Agustina Rivas?
 

Una religiosa nacida en Ayacucho, que un día fue llamada a seguir las huellas del Buen Pastor. La vimos avanzar en absoluta coherencia, dando la vida paso a paso, silenciosa, serena, sembradora de paz. Con la madurez de sus 70 años de edad, bastante frágil de salud, ella había optado por trabajar en zona de emergencia, donde la presencia del Pastor misericordioso era imperante y necesaria.
 

Ahí trabajó durante tres años; como columna fuerte fue el apoyo de sus hermanas y el ángel de los pobladores. Hasta que, hace ocho días, su Pastor le hizo el último llamado. Le dio el privilegio de derramar su sangre por las ovejas.
 

Pero nuestra Hermana Agustina no muere sola, a la lista de los seis pobladores que cayeron con ella, Podemos sumar las numerosas víctimas cuyos nombres no conocemos y cuyo número es cada día más creciente.
 

En esta Eucaristía en la que ofrecemos la sangre de Jesús, otra víctima de la violencia, sube hacia el Padre el clamor de toda la sangre derramada, unida a la sangre de Cristo que clama con más fuerza que la de Abel (Heb. 12, 24).
 

Como pueblo de Dios, nuestra celebración quiere ser también una proclamación de nuestra fe en el Evangelio. Queremos ser y vivir como Iglesia de los Pobres hasta el despojo total de la propia vida.
 

En medio de nuestro dolor nos atrevemos a proclamar el poder de la misericordia y la fuerza redentora del perdón, con los sentimientos de Jesús Buen Pastor. “¡Qué únicos son los caminos del Padre! ¡Qué premio al compromiso! María Agustina se encuentra ya en los altares del corazón de la congregación y, por supuesto, en el altar del corazón de su pueblo” (Mensaje de la Consejera General).
 

El recuerdo de estas muertes, la de Cristo, la de María Agustina y la de todas las víctimas inocentes, nos compromete en el seguimiento y en la fidelidad del Buen Pastor quien despojándose de su vida vino para que tuviéramos vida en abundancia (Jn. 10, 10).
 

Hermanas y hermanos que nos acompañan en este momento de dolor y de esperanza, les agradecemos profundamente su presencia en esta Eucaristía, y los invitamos a decir con nuestra hermana Agustina: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal. 88).

 


 

Ella, que amó y oró tanto por los sacerdotes, fue conducida en hombros después de la eucaristía por varios celebrantes
vestidos de alba, en procesión con palmas y olivos y aplausos de la multitud que la acompañaba.